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miércoles, 24 de octubre de 2012

El blog del hasta pronto…


Suele suceder que – a pesar de que no hayan tenido una extensa y exitosa carrera cinematográfica – hay actores que nunca olvidaremos por haber sido los protagonistas de series y películas que amenizaron unas cuantas horas de nuestra vida en aquellos lejanos días en los que fuimos moradores de ese paraíso perdido que es La Infancia.

Para mí – aunque nunca jamás estará en la lista de candidatos al Oscar como Mejor Actor – William Katt ocupa un puesto de honor en el particular paseo de la fama de mi memoria sentimental dado que, gracias a «El gran héroe americano» al que dio vida, «El pequeño malandrín» que yo fui disfruto de algunas de las horas más gratas de su infancia, horas estas que – en honor a la verdad – también eran muy dichosas para la mujer que me dio la vida dado que los primeros compases de la inolvidable banda sonora compuesta por Joey Scarbury suponían el principio del fin de las brillantes ocurrencias que pasaban por mi cabeza: coger a El increible Hulk e irme con él a practicar buceo a pulmón libre en un duerno para las vacas o armarme con un palo que, por cortesia de mí mente trastornada, se convertiría en la espada salvaje utilizada para decapitar a los geranios que ella con cariño cultivaba en el jardín y que, para su desgracia, eran dragones para mí.


Como si el destino lo tuviese preparado, hace unos días, “la caja tonta” mediante, volví a ver los rubios cabellos del alter – ego de Ralph Hinkley en «El gran Miércoles», una película que habría sido indiferente para mí si no fuera porque al igual que Jack Barlow (William Katt), Leroy Smith (Gary Busey) y Matt Johnson (Jan-Michael Vincent) yo también viviré mí particular gran Miércoles, y es que – mientras que los jóvenes mencionados anteriormente vieron como ese día les llego la oportunidad de cabalgar a lomos de La Gran Ola – el que esto escribe, hoy Miércoles 24 de Octubre – a bordo de un Boeing 737 - 800 de la compañía aérea AirBerlin – recorrerá las miles de millas que le separan de Alemania, la tierra donde – a parte de comenzar un capítulo de mi existencia que supondrá el «Punto de quiebra» entre mi vida pasada y mi vida futura – protagonizare grandes hazañas bélicas gracias a “La Filóloga Hispánica que surgió del frío germano”, la mujer que por muy mal que vayan las cosas conseguirá con su fuego de cobertura que me sienta tan bravo como los guerreros sajones y turingios que, el 10 de agosto de 955 al mando del emperador Otto I., der Große, derrotaron a los fieros magiares comandados por el harka Bulcsú durante el transcurso de La Batalla de Lechfeld, la cual es considerada por muchos expertos como una de las más decisivas de la historia europea.


Ante tal tesitura, antes de que mis Kommando Spezialkräfte enfilen «La calle del adiós» que les llevara al campo de batalla bajo «El cielo sobre Bochum» es justo y necesario que, a través de este espacio de divulgación, haga saber a las personas que tengo en muy alta estima que las horas que compartí con ellas cuando «Fuimos soldados» fueron para mí la vara y el callado gracias a las cuales fue mucho más llevadera mi travesía por El valle de la sombra de la Muerte.


Dado que si no fuera por ellos sería imposible para mí escribir el que será el capítulo más fascinante de mi particular novela de caballería, “Los autores de mis días” – Mi Santa Madre y Mi Estimado Progenitor son las primeras personas a las que quiero dedicar unas palabras antes de irme.

Aunque en demasiadas ocasiones mi comportamiento con ellos fue manifiestamente mejorable lo cierto es que faltaría a la verdad si no reconociera que son los que mas se merecen mis palabras de agradecimiento puesto que estoy seguro de que si no hubiera sido por el adiestramiento que me dieron no habría llegado a ser una de esas personas que cae bien a casi todo el mundo.

Mis hermanas de sangre, Marta & María o María & Marta, merecen saber que siempre estaré en deuda con ellas por haber estado a mi lado y tener siempre unas palabras de animo para mí, palabras de animo que – ya fueran dichas cara a cara o por el teléfono que hacía mas corta la distancia entre La Villa de Jovellanos y la ciudad donde los pájaros visitan al psiquiatra – dejaban claro que, pasará lo que pasará - tanto en el fragor de la batalla como en lo mas crudo del frío invierno - nuestra alianza sería tan inquebrantable como la que unía al pequeño D'Artacan con Amis, Pontos y Dogos, «Los tres mosqueteros» cuyas hazañas, más de mil, nunca tenían fin.


Como no podía ser menos, el macuto de “El chico que llevaba la carpeta forrada con caratulas de películas de Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger y Chuck Norris” va cargado con el grato recuerdo de las vivencias compartidas con los que desde hace veintiún años le honran con su amistad. Y es que si gozosas fueron "las horas adolescentes" durante las que comprobaron que soy un inútil total para la práctica del fútbol, y surfearon junto a mí y al que llamaban Bodhisattva más aún lo fueron los días en los que me iba junto a ellos lejos del mundanal ruido de Gijón, ciudad esta en la que, tras las cuatro paredes del Triskel, en calidad de miembros de ese grupo terrorista sin animo de lucro que responde al nombre SPROVNA exponíamos nuestras particulares recetas para solucionar los problemas del país.


Aunque es menor el numero de años que fue testigo de la alianza militar que establecí con los colegas que conocí en la magna Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Industrial, huelga decir que también su recuerdo viajara conmigo debido en buena medida a que en esos momentos en los que la “Resistencia de materiales” amenazaba con romper en mil pedazos mi moral de combate unas horas en su compañía conseguían devolverme las fuerzas para continuar en el campo de batalla, un campo de batalla en el que gracias a uno de ellos mis tropas se lanzaron a la carga espoleadas por el ruido y la furia del heavy – metal.


Si bien convertirme en un «Ronin» que eligió una senda del samurái que no atravesaba «La jungla humana» donde se dan cita «Los demonios de la noche» provoco que ciertas personas me compararan con aquel pastor espartano cuyo acto de traición provoco que «300» compatriotas suyos fueran masacrados por los persas en El Paso de Las Termopilas, lo cierto es que para mi fue un placer combatir junto a ellas y junto a otros muchos legionarios con los que, al alzarse la luna en el cielo sobre Gijón, a la señal “Ira y Fuego”, conquistamos los antros de perdición de La Villa.


Aunque la frase “cuando un amigo se va algo se muere en el alma” es sin duda una de las frases más hermosas que se han escrito sobre ese poderoso sentimiento que es La Amistad, lo cierto es que para bien o para mal, al final - como cantaría mi admirado Julio Iglesias - “La vida sigue igual”. Ante tal tesitura se que, cuando me llegue la hora de meterme en la parka y la piel del “Capitán Lawrence” y emprender una aventura vital durante la cual disfrutaré de la mejor compañía, todos aquellos que sirvieron junto a mí seguirán con su vida, una vida durante la cual me gustaría que – a parte de no cambiar nunca y protagonizar gestas dignas de ser cinceladas en La Eternidad – me recuerden mejor de lo que fui…

martes, 16 de octubre de 2012

El jardín regado con las aguas del Río Sella y las lágrimas de La Mandrágora


El 3 de Agosto de 2002, diecisiete días después de que “Al alba y con viento duro de Levante” los miembros del Equipo 31 del GOE III, cinco miembros del Tercio de la Armada, tres miembros de la Unidad de Operaciones Especiales y dos miembros de un equipo ACAF (Adquisición y Control de Apoyos de Fuego), recuperasen para El Reino de España el Islote de Perejil que días antes había sido ocupado por gendarmes del Reino de Marruecos, las fuerzas de choque al mando del que esto escribe, hallándose en el campo de batalla en el que se había convertido la calle principal de Ribadesella, vieron como, abriéndose paso entre la gente y sin temor en la mirada, iba directo hacía ellas un fornido y melenudo muchacho.


Aunque en un principio me temí lo peor, lo cierto es que, por sorpresa para mí, descubrí que bajo tan ruda apariencia se escondía Juan Miguel Fernández, un chaval encantador con el que – mientras el sol se alzaba en el cielo sobre la villa anteriormente mencionada – mantuve una amena conversación sobre heavy – metal, y es que – lejos de lo que yo pensaba – lo que le llevaron a encaminarse raudo y veloz hacía mis posiciones fue el uniforme de combate de mis tropas, una camiseta de EDGUY, un grupo alemán de power – metal que a pesar de ser oriundo de Fulda – ciudad famosa por la gran calidad de los neumáticos que allí se fabrican - en la séptima edición del FESTIVAL DERRAME ROCK que se celebro en Junio de ese año “pincho” ante los heavys que allí se habían dado cita, los cuales – en lugar de llorar “Las lágrimas de La Mandragora” – se decantaron por reír al ver el lamentable espectáculo del que fueron testigos debido en buena medida a que Tobias Sammet – frontman y alma – mater de la banda – fue incapaz de frenar a tiempo la ingesta de sidra.



Como no podía ser menos, a raíz de tan sui generis toma de contacto, fueron unas cuantas las conversaciones que, tanto con él como con su hermano Roberto, tuve siempre que se cruzaban nuestros caminos en las salas donde el escenario se convertía en un volcán en erupción que bramaba con sonido atronador.

Años después, y gracias a Adrián – un amigo en común que confirma que es cierta teoría de “los seis grados de separación” (vamos, que "el mundo es un pañuelo") – tuve noticias de que, a través de la Editorial Dolmen, Juan Miguel había publicado “El jardín impío”, novela esta a cuya presentación en sociedad tuve el placer de asistir el pasado 21 de Abril en compañía de la hermosa dama que protagoniza junto a mi mí particular novela de caballería.


Ni siquiera todo el cariño y el cuidado puesto por una joven para cuidar un ejemplar de La Joya de Babilonia, la especie de planta más bella y espectacular de los míticos jardines colgantes que ocupan un lugar de honor entre las Siete Maravillas del Mundo, es capaz de evitar que una gran desgracia caiga sobre la familia.

Y si una especie ha sobrevivido tanto tiempo es porque sabe garantizarse su propio sustento…

Con esta inquietante carta de presentación se invita al lector a ser testigo de cómo los habitantes de Villa Nova viven una pesadillesca odisea al abrirse en el lugar una sucursal de El Infierno por cortesía de unas siniestras flores y plantas muchísimo más peligrosas que “Las flores del mal” a las que canto BARÓN ROJO, grupo este que seguramente puso la banda sonora a alguna de las horas que el autor dedico a la redacción de su primera obra publicada hasta la fecha.



La soledad en la que se halla sumida por culpa del absorbente trabajo de su marido será la culpable de que una joven vuelque todo su cariño en el cuidado de su jardín, un jardín cuya fastuosa grandeza – según lo reflejado en el diario de la jardinera - exige que la tierra sea regada con sangre humana.

Aunque en un principio el marido de la joven piensa que esta está como una regadera, no tardara en descubrir que “La Joya de Babilonia” es realidad un ser monstruoso, un ser monstruoso cuya lucha por la supervivencia pasa por convertir a los parroquianos del lugar en zombis.

A partir de tal premisa, a lo largo de 270 páginas que logran mantener la tensión en todo momento, se entabla una feroz batalla entre "los No – muertos" y "los Vivos", los cuales – a parte de evitar caer en las garras de los que quieren despedazarlos para alimentar a “su madre” – tendrán que hacer frente a los debates de índole moral que se generan llegada la aciaga hora en la que, a la señal “sálvese quien pueda”, el hombre se convierte en un lobo para el hombre.

Si bien todos y cada uno de los protagonistas calan en el lector debido en buena medida a que es fácil identificarse con sus emociones – miedo, tristeza por los caídos, deseos de venganza, remordimientos por salvar a unos y dejar a otros, etc. - he de reconocer que fue inevitable para mí simpatizar con Jaime, un rudo motero cuya descripción física hace que no sea descabellado afirmar que el autor, como buen apasionado del Heavy Metal que es, a la hora de darle vida tuvo en mente a Jon Schaffer, el musculoso caballero de Indiana que fundo la banda ICED EARTH, y que es autor de “Watching Over Me”, esa triste y hermosa balada cuya escucha, sin duda alguna, provocaría irrefrenables llantos a los habitantes de Villa Nova que, a raíz de los acontecimientos que tuvieron lugar allí, a lo largo de los años, a través de la rabia y las lagrimas, vivirán bajo la mirada de aquellos seres queridos a los que no pudieron salvar.



Cabe destacar que, a parte de la referencia a sus artistas favoritos, el autor – como hijo de la cuenca minera que es – se sirve de Villa Nova para dar parte del deterioro que han sufrido todos esos lugares que hace años vivian gracias al negro carbón que se arrancaba de sus entrañas y que actualmente tienen ante ellos un negro futuro, un negro futuro que – mientras que por una parte cerro la puerta a la esperanza – por otra abrió una inmensa puerta a través de la que se fueron muchos de sus habitantes…

Dicho esto, no quería finalizar la presente reseña sin dejar de manifiesto que el hecho de que Juan Miguel consiguiera ver publicado uno de los numerosos relatos que escribió espoleado por “la bestia creativa” que lo poseyó a raíz de la lectura de aquel ejemplar de “El Señor de los anillos” que alguien metió en la funda de su guitarra, es un claro ejemplo de que si tenemos “un sueño” – sea cual sea este – no debemos dejar de regarlo todos los días con nuestra ilusión y nuestra entrega.


Felicidades, estimado Juan Miguel

sábado, 13 de octubre de 2012

El corazón de las tinieblas, allí donde no brillan ni los corazones purpura

Uno de los recuerdos más gratos de mi infancia son aquellas horas en las que el salón de mi casa se convertía en el escenario en el que bajo mi dirección Los Playmobil protagonizaban historias cuyo guion era un descarado plagio del de aquellas películas “Made in USA” que amenizaban mis tardes de Sábado y por cortesía de las cuales llegue a saber más de las guerras entre “rostros pálidos & pieles rojas” que tuvieron lugar en los Estados Unidos de América que de las que enfrentaron a “los moros y cristianos” en esta España mía en esta España nuestra a la que las patadas de Los Mercados han despertado de su santa siesta.


Y es que, sin lugar a dudas, “El país de las barras y estrellas” ha sido el que mejor ha sabido explotar su historia sirviéndose del Séptimo Arte, un vehículo mediante el cual consiguieron entre otras cosas que para el gran público “los buenos” fueran “los soldados azules” del Séptimo Regimiento de Caballería que protagonizo un buen número de películas del oeste en las que jugaba un importante papel el más rancio patrioterismo, ese “actor secundario” gracias al cual “las bonitas historias de ficción” embellecieron y engrandecieron la hoja de servicios de ese cuerpo militar al que pertenecían los 268 que «Murieron con las botas puestas» en Little Big Horn (26-06-1876) mientras George Armstrong Custer entonaba la popular y etílica canción irlandesa “Garry Owen”, y que el catorce años después – concretamente el 29 de Diciembre de 1890 – fue el autor de la tristemente conocida como “La Masacre de Wounded Knee”, una de las páginas más negras de la historia de la humanidad, y durante la cual fueron aniquilados sin piedad casi 300 indios Lakota (Sioux) entre los que había mujeres, niños y hombres desarmados.


Fruto del empeño que pusieron los estudios cinematográficos hollywoodense en hacer saber al mundo las obras y milagros llevadas a cabo por los hijos de la nación que nació el 4 de julio de 1776, durante la década de los 80 – además de las películas de acción protagonizadas por «Los Prescindibles» (Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Chuck Norris) – gozaron de gran éxito y popularidad las que tenían como trasfondo La Guerra de Vietnam.

Aunque «Boinas Verdes», «Desaparecido en combate» y muchas otras películas marcadamente patrioteras intentaron mejorar la imagen de los cientos de miles de hombres que se habían visto obligados a combatir en el sudeste asiático, lo cierto es que el buen hacer de John Wayne y Chuck Norris no pudo elevar la moral combate de un país que a parte de la guerra había perdido la inocencia mientras en las televisiones de todo el mundo se veía a niños abrasados por el napalm y los 347 cadáveres que habían dejado tras de si los “valientes” soldados del 20º Regimiento de la 11ª Brigada de Infantería que la mañana del 16 de marzo de 1968, al mando del oficial William Calley Jr., entraron a sangre y fuego en la aldea de My Lai.


Llevados por el deseo de exorcizar a los demonios que atenazaban a EEUU a raíz de tan sucia contienda fueron muchos los directores que mostraron con gran crudeza como los cientos de miles de jóvenes inocentes que integraban el «Pelotón» que el Tío Sam desplego en Vietnam se acabaron convirtiendo en Ministros de La Muerte nacidos para matar que mientras teñían de rojo «La chaqueta metálica» de las balas con las que llenaban el infierno de comunistas perdieron su humanidad gracias a la brutalidad y al horror que con el cuchillo entre los dientes les esperaban agazapados en las selvas vietnamitas como «El cazador» que acecha a su presa en los bosques de Pennsylvania.


El deseo de saber más sobre el conflicto que dio lugar a las películas por cortesía de las cuales más de una vez tuve la tentación de coger la escoba y marcar el paso al son de “Aquí mi pistola, aquí mi fusil” fue el culpable de que en mi arsenal literario acabara teniendo cabida “Árbol de humo”, una dura novela en la que Denis Johnson relata las vivencias de algunos de los hombres y mujeres que moraron en El Infierno en el que se convirtió la tierra bajo el cielo que entre 1963 y 1970 fue surcado por los helicópteros Bell UH-1 Iroquois.


La mencionada novela, la cual fue premiada en 2007 con el "National Book Award" (Premio Nacional del Libro), tal como bien apunto Robert Saladrigas, La Vanguardia es: "Un texto duro, inclemente, comprometido, no apto para pusilánimes ni para quienes buscan evasión en la lectura. En suma: gran literatura".

El día que millones de americanos vieron en vivo y en directo como moría John Fitzgerald Kennedy, es la fecha elegida por Denis Johnson para dar comienza a la historia, un comienzo este en el que, a través de las palabras de Nguyen Hao descubrimos que los habitantes del país que la guerra cubrió con un manto de tristeza y dolor consiguieron superar su travesía a través del valle de las sombras gracias al apoyo de sus dos filosofías de vida: el confucionismo y el budismo. Y es que mientras que las primera les enseña a como comportarse cuando el destino les depara paz y orden, la segunda les entrena para aceptar su destino aun cuando esta les traiga sangre y caos.

La figura de James Houston, un joven procedente de las clases rurales de Arizona, sirve al autor para plasmar como los peones que tomaron parte del juego de ajedrez dirigido desde los despachos del Pentágono sufrieron un paulatino proceso de deshumanización, un proceso que para el mencionado muchacho comenzará en Fort Jackson (Carolina del Sur), un campo de entrenamiento en el que a parte de conocer el dolor gracias al duro entrenamiento vera como su fortaleza mental es puesta a prueba por cortesía de los oscuros pensamientos que poco a poco se hacen fuertes en su mente.

Las primeras dos semanas de instrucción fueron las más largas que había vivido nunca. Cada día parecía una vida entera en si mismo, vivida con incertidumbre, humillación, confusión y fatiga. Todo ello fue dando paso a un estado predominante de terror a medida que las nociones de matar y ser matado le empezaban a llenar la mente. Se sentía bien sobre el terreno, en las filas, en plena acción con los demás, gritando como monstruos, clavando la bayoneta a hombres de paja. Pero cuando se quedaba solo, aquel miedo apenas le dejaba ver con claridad. Solamente lo salvaba el agotamiento. Ser llevado más allá de los límites físicos ponía su pared de cristal entre él y todo aquello: no podía oír bien, no se acordaba de lo que acababa de mirar, de lo que acababan de enseñar. Solamente esperaba el momento de dormir. Tenía sueños histéricos durante la noche entera, pero dormía tanto tiempo como le dejaban.


Llegado a Vietnam, por si fuera poco para él hacer frente a “Los Demonios de La Guerra” tendrá que combatir contra la nostalgia que le invade cuando piensa en los seres queridos que dejo atrás y entre los que se encuentra su madre, una fanática religiosa que reza por él día y noche y que le anima a que siga trabajando por el Señor para mantener La Verdadera Fe en un mundo oscuro amenazado por los malditos comunistas.

El ansia de aventuras y el deseo de poner tierra de por medio entre él y la responsabilidad que supone hacerse cargo de su esposa y de dos hijos pequeños que le dan miedo es lo que hace que en un primer momento el patriota Skip Sands considere que el mejor lugar del mundo es una capital en guerra donde las mentiras, cicatrices, mascaras y complots codiciosos se dan cita personas sin pasado y con muy poco futuro entre las que se encuentran psicópatas, vagabundos, héroes y espías como él que mantienen encuentros en siniestros callejones y cierran tratos en media docena de idiomas mientras en sus rostros se dibujan falsas sonrisas y con la mirada calculan sus posibilidades.

Hubo una vez una guerra en Asia que tuvo entre sus tragedias el hecho de que vino después de la Segunda Guerra Mundial, una guerra moderna que sin embargo había conseguido conservar o revivir algunas de las glorias y romances de las guerras anteriores. Aquella guerra en Asia, sin embargo, no genero más romances que una serie de mitos infernales.

Entre los moradores de aquella guerra que iban a quedar desfigurados por ella – incluso, o sobre todo, desfigurados ante si mismos -, había un joven americano que según el momento se consideraba a si mismo el Americano Impasible o el Americano Feo, pero que no deseaba ser ninguno de ambos, sino que lo que quería ser era el Americano Sabio o el Buen Americano, aunque acabo viéndose a si mismo como el Americano Real y al finalmente simplemente como el Puto Americano.

Tal como dejan claro estas palabras impregnadas de tristeza y desencanto, por desgracia para él, el agente de la CIA mencionado anteriormente no tardara en descubrir que la guerra en la que se involucro para detener el comunismo no es tan buena como creía y como se la presentan los hombres que la dirigen, hombres como su tío, un venerado héroe de guerra al que todos conocen como “El Coronel” y que es el que ha urdido el proyecto de «guerra psicológica» llamado «Árbol de Humo», el cual consiste básicamente en llenar con alucinógenos los túneles que recorren el subsuelo del país, para que los soldados rebeldes que los utilizan se vuelvan locos.

Aunque los métodos de “El Coronel” no tienen nada que ver con los del brutal Sargento instructor Hartman seguramente para este último sonarían como música celestial las soflamas militarista con las que el primero arenga a los hombres bajo su mando.

La guerra es noventa y nueve por ciento mito. A fin de llevar a cabo nuestras guerras las elevamos al nivel de sacrificios humanos, e invocamos constantemente a nuestro Dios. La cosa tiene que significar algo más que el mero hecho de las muertes, o bien todos acabaríamos desertando. Creo que necesitamos ser mucho más conscientes de eso. Creo que también necesitamos invocar a los dioses del oponente. Y a sus diablos, a su aswang. El enemigo les tiene mas miedo a sus dioses y a sus diablos y a su aswang del que nunca nos tendrá a nosotros.

Vamos a ganar esta guerra. Y los esfuerzos de esta sección en concreto van a ser cruciales para ello. Pensad en nosotros como en infiltrados. Esta tierra que tenemos bajo los pies es donde el Vietcong ubica el corazón de su nación. Esta tierra es su mito. Si penetramos esta tierra, penetramos su corazón, su mito y su alma. Eso si que es infiltración de verdad. Y esa es nuestra misión: penetrar el mito de la tierra.


Las vivencias de los miembros de las LRRP (Long Range Reconnaissance Patrol) son expuesta a través de los rudos Cuchi Cuchis, hombres que con una pistola en una mano, sus pelotas en la otra y una linterna agarrada con los dientes, se deslizaban de cabeza por los oscuros túneles que recorrían la región de Cu Cuchi y en los que, según las leyendas, a parte de monstruos, reptiles ciegos e insectos que no habían visto nunca la luz, había hospitales y burdeles, y cosas horribles, montones de casquería procedente de las atrocidades del Vietcong, bebes muertos, curas asesinados.


"Es el amor a nuestro país lo que nos hace venir, pero tarde o temprano la venganza se convierte en la motivación central". Siguiendo al pie de la letra esta máxima un miembro de la LRRP cegado por el odio y por un buen puñado de anfetaminas arrancara a un prisionero estremecedores alaridos de dolor que por fortuna para este cesan gracias al misericordioso tiro de gracia de “El Coronel”, el cual, tras asistir a tan desagradable espectáculo, llega a la conclusión de que aunque la historia perdone a los artífices de la guerra, los hombres enloquecidos por culpa de ella jamás lo harán.

Trung Than, un espía norvietnamita que ha demostrado su lealtad a la causa atravesando Las Tres Puertas – prisión, sangre y negación de sí mismo – en la hora en la que decide vender su lealtad a “Los Yankees”, acaba comprobando que la peor prisión de todas es aquella a la que conduce renunciar a amigos y parientes.

Un asesino a sueldo del servicio secreto alemán será el que ponga rostro a los hombres – depredadores que, conscientes de que el éxito de su misión requiere violar la tierra y alimentarse de sus gentes, cometen algún pequeño crimen para poner de su lado a Los Dioses de La Oscuridad.

El hecho de que la crueldad de la guerra no es ajena a nadie queda de manifiesto gracias al personaje de Kathy, una enfermera canadiense que visto lo visto en el hospital de campaña en el que trabaja llegara a la triste conclusión de que el dolor de las madres que ven a sus niños con miembros amputados y cuerpos jalonados de quemaduras no será nada comparado con el de aquellas que en el futuro, a consecuencia de las armas químicas empleadas durante el conflicto, parirán a criaturas con cabezas enormes y caras deformes.

Si a través de los ojos de Kathy contemplamos El Horror en estado puro, a través de sus pabellones auditivos nos llegan la confesión de un soldado que a pesar de los litros de alcohol con los que trata de aplacar a sus demonios y fantasmas consigue enlazar una serie de palabras que, sin lugar a dudas, dejan bien claro que como alguien dijo una vez: La guerra solo trae muertes. Nadie gana.

Te pasas una temporada triste por los niños, un mes, dos meses, tres meses. Estabas triste por los niños, por los animales, no te ibas con las mujeres, no matabas a los animales, pero al cabo de una temporada te dabas cuenta de que aquello era una zona de guerra y que todo el mundo vivía en ella. Que no te importaba si aquella gente vivía o moría al día siguiente, que no te importaba si tu mismo vivías o morías al día siguiente, y entonces apartabas a los niños a patadas, te ibas con las mujeres y disparabas a los animales.

En resumen, una extraordinaria novela sobre la guerra de Vietnam – sobre todas las guerras - que nos deja claro que no hay paz ni salvación para los que por una u otra razón se adentran en el corazón de las tinieblas, allí donde no brillan ni los corazones purpura.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Para El Juez Dredd la justicia no es un cachondeo


Sin duda alguna una de las mejores lecciones que aprendí siendo un niño fue que “Ante el vicio de pedir esta la virtud de no dar”, y es que aunque nunca me podré quejar de todo lo que hizo por mí lo cierto es que Mi Santa Madre, la mujer que hacía cumplir la ley a Los Hermanos Fernández Gancedo, siempre fue implacable a la hora de seleccionar las cosas que les convenían a estos últimos, más concretamente, al que esto escribe…

Por desgracia para mí, una de las cosas que no creyó pertinente que yo conociera fueron las andanzas del “Judge Dredd” un tipo que durante la década de los 80 protagonizo un serie de historietas cuyas portadas destilaban una violencia que en buena medida fue la causante de que la autora de mis días me diese un “no” por respuesta el día que raudo y veloz le pedí que me comprara el Nº 1 tras verlo anunciado entre las páginas de uno de los comics de “Conan, El Bárbaro” que devoraba durante las noches veraniegas de las que siendo una inocente criatura disfrute en La casa de Carrandi (Colunga).


Dado que aquel día me quede compuesto y sin comic, hasta varios años después no volví a tener noticias del agente de la ley estadounidense que en un futuro distópico es al mismo tiempo policía, juez, jurado y verdugo. Y es que, como bien sabrán todos los seguidores de Sylvester Stallone, este ultimo, a mediados de la década de los 90, protagonizo «Juez Dredd», una película que a parte de recibir pésimas criticas resulto ser un fracaso de taquilla en toda regla, el cual, unido a otros como por ejemplo «Get Carter» (2000), «Driven» (2001) y «D - Tox» (2002), provoco que fuéramos muchos los que temimos que estuviera en «Máximo riesgo» la trayectoria profesional del actor Ítalo-estadounidense que se metió en la chupa de cuero y la piel del policía Marion Cobretti "Cobra".


Aunque el protagonista de la película que en 1986 dirigió George Pan Cosmatos bien podría haber sido La Musa que inspiro al guionista John Wagner y al dibujante Carlos Sánchez Ezquerra a la hora de crear al Juez Dredd, lo cierto es que la pluma del artista zaragozano mencionado anteriormente salió victoriosa de la batalla que la enfrento a la hoja en blanco gracias a las ideas salidas de su imaginación, al look de David Carradine en «La carrera de la muerte del año 2000» (1975), y al aguilucho franquista grabado en las monedas de 25 pesetas.


La falta de ideas por cortesía de la cual en las carteleras de cine en un futuro no muy lejano tendrán cabida los remakes de clásicos de la ciencia – ficción como por ejemplo «Desafío Total» y «Robocop» ha sido la culpable de que los responsables de las productoras DNA Films, IM Global y Reliance Big Entertainment aflojaran la cartera para dar a Pete Travis los 45 millones de dólares que necesitaba para resucitar a uno de los miles de hombres que jugándose el tipo hacen cumplir la ley a los habitantes de esa sucursal del infierno en la Tierra conocida como Mega-City 1.


En un futuro cercano, como consecuencia de una devastadora guerra atómica, Norteamérica es una única y gran megalópolis en la que viven 800 millones de personas que con cada nuevo amanecer empiezan una desesperada lucha por la supervivencia, una lucha durante la cual, a parte de hacer frente al hambre y la miseria provocadas por la alta tasa de paro (90 %), tienen que vérselas con violentas bandas de delincuentes. En tan desolador lugar, y para fortuna de la gente de bien que mora en él, es donde desarrolla su actividad profesional El Juez Dredd, un tipo frío como el hielo que ejecuta a los criminales con el ruido y la furia de las balas vomitadas por "The Lawgiver", ese pistolón capaz de disparar balas penetrantes e incendiarias y que en esta ocasión es empuñada por Karl Urban, el actor neozelandés que tras cabalgar rumbo a la fama al mando de Los Jinetes de Rohan, en 2007 fue «El guía del desfiladero» que, mandoble mediante, condujo a unos cuantos vikingos hasta Los Atrios del Walhalla.


El brutal asesinato de tres delincuentes habituales, es el motivo por el cual El Juez Dredd se ve obligado a pisar el acelerador de su moto Lawmaster y devorar los kilómetros de la mega – autopista que lo separa del mega-bloque Peach Trees, el lugar donde supuestamente se ocultan los matarifes que lo perpetraron, y al que llega acompañado de Cassandra Anderson (Olivia Thirlby), una agente novata que ha sido aceptada en el cuerpo por sus poderes telepáticos y cuyo «Día de entrenamiento» será tan inolvidable y brutal como el que el “rookie” Jake Hoyt (Ethan Hawke) vivio por cortesía del duro sargento Alonzo Harris (Denzel Washintong).


Y es que lo que empieza siendo una simple redada en el lugar más mega – peligroso de la mega – ciudad se convertirá en algo mucho más peligroso para Dredd y su pupila cuando decenas de asesinos, como si fueran auténticos perros de presa, se lanzan a “la caza del juez” para saciar la sed de sangre de su ama, Ma – Ma, una exprostituta psicópata que es dueña y señora de las vidas de los habitantes del mega-bloque Peach Trees y que según cuenta la leyenda feminizo a dentelladas al proxeneta que a navajazos le desfiguro el rostro, rostro que tal como podrán apreciar todos aquellas que vean más allá de los conseguidos efectos de maquillaje es el de Lena Headey, la actriz que metida en la toga y la piel de la Reina Gorgo consiguió que a muchos nos embargará la emoción cuando la despedida "Espartano, vuelve con tu escudo o sobre el" salió de sus labios rumbo a los oídos de su amado y valiente esposo.


Como bien supondrá el respetable, las presas a batir y los cazadores entablaran una feroz batalla durante la cual, a parte de ser testigos de ultraviolentas escenas, comprobaremos que mientras que la juez Anderson no puede evitar dudar a la hora de volar cabezas, Dredd demuestra ser una autentica máquina de matar que disfruta mientras desempeña eficazmente esa misión que tiene como objetivo limpiar las calles de escoria criminal, y durante cual, a buen seguro, le ayudarían si pudieran «El Exterminador» y «El justiciero de la noche», dos tipos que al igual que él dejan a su paso un montón de cadáveres y un tufillo fascistoide que tira para atrás.


Aunque por fortuna para nosotros vivimos en un Estado de Derecho en el que hay una serie de leyes que persiguen evitar la “justicia por propia mano”, lo cierto es que puede que llegue un día en el que esto no sea suficiente para esos millones de ciudadanos a los que se les quedan los ojos como platos cuando ven como los que están al servicio de la Señora de la Justicia tratan con mimo y cariño a sanguinarios etarras mientras miran para otro lado y se tapan los oídos para no oír a los padres que tras enterrar a sus niñas violadas y asesinadas piden que los culpables se pudran en la cárcel.

En 1985 la decisión de la Sala de lo Contencioso Administrativo de la Audiencia Territorial de anular la demolición del chalé del cantante Bertín Osborne provoco que Pedro Pacheco, alcalde de Jerez, gritará a los cuatro vientos "la Justicia es un cachondeo", esperemos que nunca llegue el día en el que el hartazgo provocado por las “polémicas decisiones judiciales Made in Spain” de lugar a que sean bien vistos los expeditivos métodos de los que hacen gala esos jueces, jurados y ejecutores para los que la justicia no es un cachondeo.


viernes, 14 de septiembre de 2012

“Los Prescindibles” y “La Imprescindible”


Años antes que las aulas de la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Industrial fueran el lugar donde hacía parada y fonda equipado con mi carpeta heavy – metalera, “El chico que llevaba la carpeta forrada con caratulas de películas de Sylvester Stallone, Jean Claude Van Damme y Arnold Schwarzenegger” bien podría haber sido el apodo con el que se referían a mi los que fueron mis compañeros en el Instituto de Educación Secundaria Nº 7.


Bien sabe Dios que el que en Diciembre de 1992 habría preferido luchar a muerte en «El Octágono» antes que ir a casa con el zurrón cargado con ocho suspensos gustosamente habría gritado “¡Vete al infierno!” si alguien le hubiera dicho que veinte años después vería a los actores mencionados anteriormente protagonizar juntos una película durante la que mis oídos – a parte de disfrutar de la música celestial provocada por el atronador ruido de las balas vomitadas por rifles de asalto del más diverso calibre - serían agasajados con la dulce voz de “La más bella admiradora de Félix Lope de Vega y Carpio”, ese gran dramaturgo que escribió “El perro del Hortelano”, una de las muchas obras sobre las que Don Maruri - el temido profesor de Lengua y Literatura Española – hablo a sus alumnos de 2º de B.U.P. mientras el que esto escribe soñaba con ser un mercenario y salir de caza con «Los Perros de La Guerra».


A raíz del Pacto con el Diablo que firmo en la casa de Dios con El Señor iglesia (Bruce Willis), el veterano Barney Ross (Sylvester Stallone) se ve obligado a aceptar una misión que le llevara a él y al comando de mercenarios a sus ordenes hasta las frías tierras de Albania, más concretamente hasta la cima de la montaña donde se estrello un avión que albergaba en su interior una caja cuyo contenido supondría un grave peligro para la humanidad si cayera en manos de “los malos”.

Lo que en principio parecía una operación sin excesivos riesgos se acabara convirtiendo en algo mucho más peligroso cuando entra en acción Villain, un despiadado terrorista al que da vida Jean - Claude Van Damme y que por desgracia para él se pone «Al límite del riesgo» al asesinar brutalmente a Billy El Niño - un joven francotirador de élite encarnado por Liam Hemsworth, el hermanísimo del acTHOR que se ha hecho mundialmente famoso gracias al hijo de Odín que sirviéndose del martillo de guerra que lleva por nombre Mjolnir impide que los dioses que moran en el Valhöll sean aniquilados por las fuerzas de Jötunheim.


Y es que como bien supondrán todos aquellos que saben como se las gastan “Los Prescindibles”, estos últimos serán poseídos por una furia vengadora digna de «The Punisher (Vengador)», el personaje de comics al que en 1989 dio vida Dolph Hans Lundgren, el sueco de Estocolmo que tras utilizar su inteligencia para completar la carrera de ingeniero Químico en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) puso su extraordinario físico al servicio de He – Man («Masters del Universo») y Jack Kane, el detective del departamento de homicidios de la policía de Houston que protagoniza «Dark Angel: Ángel de la muerte», película durante la cual un escalofrió recorrió mi cuerpo por cortesía de esa escena en la que el héroe de la función, ante la advertencia “Vengo en son de paz…” que sale de los labios de la sanguinaria criatura asesina a la que persigue, responde “Y te iras en pedazos…”  y acto seguido le vuela la cabeza.


Al igual que ocurrió en la anterior entrega, el que en la pantalla grande mato a puñetazos al mejor amigo de Rocky Balboa, da vida a Gunnar Jensen, un militar veterano de incontables guerras que lucha contra sus demonios internos, y que junto a Navidad (Jason Statham), Peaje (Randy Couture), Ave César (Terry Crews) y Yang (Jet Li), integra “la pandilla de psicóticos” que comanda Barney Ross y que durante su segunda misión de combate cinematográfica cuenta con el apoyo de Maggie (Nan Yu), una mujer de armas tomar que al igual que los caballeros mencionados anteriormente se caracteriza por tener muchas agallas y muy poco sentido común.


Sirviéndose de un guión escrito a cuatro manos por Richard Wenk y Sylvester Stallone, Simon West – el padre cinematográfico de «La hija del general» - ha conseguido un espectáculo visual de primer orden que sin duda alguna saciara el exquisito paladar de los que crecieron durante la década de los 80, la que sin duda alguna fue la época dorada del cine de acción, un genero que siempre estará en deuda con Chuck Norris, el actor que metido en el traje y la piel de un veterano del Vietnam «Marcado para morir» libro una espectacular pelea de karate bajo las luces de neón que bañan las calles de Hong Kong, y que el pasado Lunes - al hacer acto de presencia en plan lobo solitario y al son de la inolvidable banda sonora que Ennio Morricone compuso para la película «El bueno, el feo y el malo» - provoco que el que esto escribe, sin moverse de la butaca de los Cines Yelmo, viajara en el tiempo hasta aquella lejana noche de principios de los 90 durante la que atrincherado en el sofá y gracias a Antena 3 estuve «Desaparecido en combate».


Como no podía ser menos el que una tarde de Viernes de mediados de los 80, cuando aún era uno de los inocentes niños que correteaban por el patio del Colegio Público Sagrado Corazón, sintió en sus carnes el agradable mordisco de «Cobra», y aplaudió a rabiar al ver como este tras decir "Aquí es donde termina la ley, y empiezo yo" colgaba del gancho de un puente – grúa a "El carnicero nocturno" no puede poner fin a esta crítica sin dar mi más sincero agradecimiento a los artífices de «Los Mercenarios 2», y a la mujer que me acompaño durante el visionado de la misma y que el día que se alisto en mis unidades de choque provoco que en el pecho de «El luchador» que esto escribe empezase a latir un corazón de león que a parte de impedir que me amilane ante el «Máximo riesgo» conseguirá que - emulando al «The Hitman» que haciendo buen uso de la poderosa potencia de fuego de una plateada escopeta de cañones recortados se llevo por delante a la mafia de Seattle – aniquile a todo aquel «Depredador» que ose adentrarse en «Der Dschungel Kristalles» para perturbar nuestra tranquilidad.


miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Amor: Un juego de niños al que juegan los adultos



El 3 de Marzo de 1996, horas antes de que las gaviotas peperas gritarán ¡Victoria! desde el balcón del edificio sito en el número 13 de la calle Génova, este hijo de Caín, en compañía de su buen amigo Abel Molinero Rodríguez, tuvo el inmenso placer de ver una de las mejores películas de acción de todos los tiempos: «HEAT».


Aunque la tensa historia basada en un guión escrito por Michael Mann – director de la función – y los impactantes minutos durante los cuales tiene lugar uno de los tiroteos más memorables que hasta la fecha se han podido ver en la pantalla grande, son los principales motivos por los cuales dicho film se ha ganado con creces ser considerado una obra maestra del Séptimo Arte lo que a un servidor más le marco fue la escena en la cual Robert de Niro, metido en el traje y la piel del atracador de bancos Neil McCauley, le da el siguiente consejo a su compinche Chris Shiherlis (Val Kilmer): "Nunca admitas nada en tu vida que no puedas dejar en menos de cinco minutos si la poli te pisa los talones".


Si bien faltaría a la verdad si no reconociera que hubo un momento de mi existencia durante el cual me pensé seriamente seguir a rajatabla semejante máxima vital, con el paso del tiempo – y a sabiendas de que ello me impediría unirme a los tipos duros que integran el comando «Los Mercenarios» - comprendí que no servía de nada ir por la vida en plan «McQuade, Lobo Solitario» dado que, tal como dijo el genial Gustavo Adolfo Bécquer: "La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo”.

Dieciséis años después de aquella lejana tarde de Domingo, el que esto escribe ha tenido el placer de visionar «Jeux d'enfants» (Quiéreme si te atreves) una película en la que, a través de una historia en la que convergen romance, drama y realismo mágico, se da otro punto de vista sobre “El Amor”, ese juego de niños al que, por fortuna para mí, juego desde hace meses con “Das Krieger Mädchen” que me demostró que - a pesar de que mi héroe John Rambo dijera a cierta guerrillera sur vietnamita que todos somos prescindibles – lo cierto es que, a la hora de la verdad, hay “Boinas Verdes” sin cuyo apoyo la derrota esta asegurada en el campo de batalla.


Dentro del ciclo “De niños buenos a Enfants Terribles” con el que se han puesto en marcha los actos conmemorativos del 50 Aniversario del Festival Internacional de Cine de Gijón el pasado 2 de Septiembre aquellos que aparcamos nuestras posaderas en las cómodas butacas del majestuoso Teatro Jovellanos tuvimos ocasión de disfrutar de la proyección del film dirigido por Yann Samuell y que en 2003 fue merecedor del Premio del Jurado Joven al Mejor Largometraje.



Inmersos en esa etapa vital que según Mario Benedetti a veces es un paraíso perdido y otras un infierno de mierda, los pequeños Julien Janvier (Guillaume Canet) y Sophie Kowalsky (Marion Cotillard) unen sus caminos el día que comienzan un curioso juego a raíz de la entrada en escena de una pequeña caja de hojalata que al enfant terrible mencionado anteriormente le ha regalado su madre.


El juego de niños que da título a la película y que consiste básicamente en lanzarse desafíos el uno al otro a la señal “¿eres capaz o no?”, a medida que pasa del tiempo se convertirá para ellos en una válvula de escape que les permitirá evadirse de la dura realidad que les espera en sus respectivos hogares. Y es que mientras que Julien ve como poco a poco el cáncer devora a su madre, Sophie – hija de inmigrantes polacos - crece en un ambiente en el que convergen los problemas propios de aquellos que intentan labrarse un futuro mejor en tierra extraña.

Con la llegada de la adolescencia, y tal como cabría esperar, “la pequeña caja de hojalata” empezara a compartir protagonismo con los sentimientos de afecto que cada vez con más fuerza empiezan a germinar dentro de Julien y Sophie y que acabarán provocando que, al son de Édith Piaf, vean la vida en rosa cada vez que – entre prueba y prueba – se abrazan y hablan en voz baja.



La película que fue definida por Ann Hornaday (The Washington Post) como “una fábula tóxica sobre dos jóvenes psicópatas enamorados”, es sin lugar a dudas una de las mas interesantes visiones que se han dado en los últimos años sobre ese “juego” durante el cual las que un día fueron niñas que jugaban con una muñeca vestida de azul con su camisita y su canesú siempre consiguen que se dejen ganar los que siendo unos niños – dando fe de su mal perder en la pista de fútbol – acababan jugando a “Rocky Balboa VS Ivan Drago” cuando les anulaban un gol por culpa de reglas tan polémicas como “no vale alta” y “no vale buco”.


Hecha la pertinente critica sui generis de la película solo me queda recomendar que todos aquellos que aún no lo han hecho se arriesguen a jugar  a ese juego de niños al que juegan los adultos puesto que tal como puede confirmar el que esto escribe: atreverse a querer a la mujer por la que uno atravesaría Las Puertas del Infierno – a parte de permitirnos morar en El Reino de Los Cielos – consigue que nos sintamos tan poderosos como Thor y tan alegres, optimistas e ilusionados como el niño que jugaba tranquilamente a Los Playmobil mientras sus mayores temblaban ante el holocausto nuclear que se podría desencadenar si a la URSS y a EEUU se les iba de las manos el juego de guerra “¿A que no te atreves a tirarme un cohete equipado con una cabeza nuclear?”.


viernes, 7 de septiembre de 2012

A los que más se merecen la Medalla de Oro a la superación personal


Aunque para un servidor “todo lo deportivo le es ajeno” lo cierto es que a medida que se aproximaba el viernes 27 de julio el fuego de la llama olímpica ardío cada vez con mas fuerza en mi corazón ante la posibilidad de que fueran IRON MAIDEN los encargados de poner la banda sonora a la ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos 2012.


Como bien supondrá el personal, el que en los conciertos de “La Doncella de Hierro” se pone los guantes de boxeo para defender su territorio conquistado frente a la masa enfervorecida paso olímpicamente del evento deportivo citado anteriormente al comprobar que el bueno de Sebastián Coe no creyó pertinente que “The Trooper” sonara a volumen brutal mientras Usain Bolt y compañía corrían hacía la meta como si fueran los miembros de La Brigada Ligera que cabalgaron hacía La Muerte en las llanuras de Balaklava.


No obstante, a pesar de lo anteriormente mencionado, coincidiendo con el día en el que nuevamente erro el tiro el jurado que en 2005 a la hora de elegir entre los 12 + 1 campeonatos de Ángel Nieto y el único título mundial de Fernandín “el nuestru” se decanto por este último, un servidor no pudo apartar los ojos de la pantalla durante la ceremonia que tenia por objeto premiar a los atletas paraolímpicos que habían participado en las competiciones de natación.

Si bien tod@s l@s premiad@s me despertaron un profundo sentimiento de admiración faltaría a la verdad si no reconociera que el jovencísimo tritón azteca Gustavo Ramón Sánchez Martínez fue el que provoco que desease fervientemente ser yo el encargado de colgarle al cuello la Medalla de Oro que justamente había ganado en la categoría 150 estilos, categoría en la que compitió contra Richard Oribe, el cual, gracias a su marca (1:25.33), añadió otra presea de plata al palmares del equipo paraolímpico español.


Y es que - a pesar de la malformación congénita que le privo de ambas piernas y el brazo derecho - el mejicano que llego a este mundo salvaje el 22 de mayo de 1994, desde su más tierna infancia, y gracias al apoyo, motivación y confianza que le brindaron los técnicos del programa Pumitas Natación, ha conseguido dentro e la piscina un buen puñado de triunfos que le han valido entre otros halagos ser condecorado en 2009 con el Premio “Luchador Olmeca” que otorga la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE).

Dado que primero en los equipos de baloncesto y balonmano del C.P. El Lloreu y posteriormente en el equipo de futbol del C.P. Santa Olaya, el que esto escribe demostró ser un inútil total para la practica de todos aquellos deportes que requerían coordinación, destreza y rapidez siempre han sido para mi admirables todos aquellos atletas que, en todas las partes del mundo, durante años entrenan duramente para ser merecedores de vestir el manto purpura de la Gloria y dar la vuelta a la pista a bordo de carros de fuego.


No obstante – visto lo visto durante el transcurso de los Juegos Paraolímpicos que en estos días se celebran en la capital de La Pérfida Albión – a pesar de que no sean tan rápidos como el viento o no lleguen a tocar con los dedos el cielo sobre Londres, es justo reconocer que los atletas más admirables son tod@s aquell@s que gracias a su coraje y pundonor han conseguido superar la infinidad de obstáculos que – tanto dentro como fuera de la pista – se han encontrado durante esa dura competición que es La Vida.

Dado que vivimos en una sociedad en la que los valores olímpicos brillan por su ausencia, seguramente, durante los años que restan hasta Rio de Janeiro 2016, muchos de tan admirables atletas volverán a ser “el cojo”, “el tonto” o “el manquín”, ante tal tesitura – antes de que se apague la llama olímpica que actualmente arde en el Olympic Stadium – os invito a todos a que dediquéis unos minutos de vuestro tiempo a ver a esos hombres y mujeres que se merecen mas que nadie llevar colgado de su cuello la Medalla de Oro a la superación personal.